miércoles, enero 30, 2008

La Venezia invisible y la Venezia de los ojos…




Hace más de treinta años que Italo Calvino publicó Le cittá invisibili, sin embargo mi primera lectura de este fascinante libro de viajes imaginarios fue muy posterior, en 1983. Entonces anoté en su última página una frase que con el paso del tiempo reconozco como una fatal y feliz premonición, una profecía íntima y doméstica, si se quiere, pero no por ello carente de trascendencia y misterio: “Recorreré ciudades y paisajes escribiendo tu nombre en las plazas y en los cruces de caminos; seguiré una ruta insospechada; en mi atlas de bolsillo podrá leerse tu nombre, Venezia, dibujado con torpe caligrafía; ¿recordaré el punto de partida de este viaje fantástico? 21- Junio”. Confieso que desde aquel día, por increíble que parezca esta insólita fidelidad y extraña mi perversa insistencia, no he dejado de escribir las siete letras de Venezia con todo tipo de acrósticos en mis más diversas literaturas y anudado irreversiblemente sus vocales y consonantes a mi biografía… Éste ha sido un secreto celosamente guardado en la soledad del alma (agridulce silencio). Incluso diría que Venezia ha sido mi único lugar común aun a pesar de mi promiscuidad como viajero, ese ir y volver como si nada... —ay, mis vagamundeos.

Así ha sido desde que llegué por primera vez a sus islas y ríos aquel “ferragosto” de 1978, hace tanto tiempo. Es cierto que tal revelación la reconocí leyendo el libro —y de ahí mi promesa—, al fin al cabo su protagonista es un viajero veneciano, Marco Polo, y las ciudades invisibles que describe tienen un algo o un mucho de su ciudad de origen, incluso podrían ser réplicas de algunos de sus fragmentos y avatares posibles; además Marco Polo sueña con volver, como todos los viajeros con corazón; y yo sueño con volver a Venezia, que es mi matria, siempre que puedo o para siempre. Pero este sentimiento de pertenencia absoluta y feliz abandono a sus misterios lo tuve ya mi en primera noche aquel verano, cuando entré a la gran Plaza exactamente a media noche y las roncas campanas de bronce tañeron en honor del hijo pródigo que vuelve a casa y cientos de palomas me saludaron en vuelo rasante sin ni siquiera rozar ninguno de mis cabellos. Esa noche y los días sucesivos fui experimentando los prodigios uno tras otro que inauguraron nuestro destino en común; entonces no sabía, sólo sentía y dejaba que los milagros fluyeran a su aire. Cuántas cosas he vivido en esa ciudad… Treinta años son casi toda una vida, y como en la vida misma he creado cosas memorables en Venezia y para Venezia. Unas están en los libros y en los archivos; otras las conocemos yo y otros pocos cómplices de mis secretos; las más, las guardo para mí sólo, ni siquiera me atrevo a escribirlas… Bueno, alguna vez sí lo he hecho, lo estoy haciendo ahora mismo… pero son historias encriptadas en otras historias ajenas, retazos autobiográficos desvelados en otros asuntos menos poéticos, experiencias sublimes disfrazadas de anécdotas banales. Con el tiempo me he convertido en un maestro en componer acrósticos, palimpsestos, en cifrar mensajes ocultos para la eternidad… Qué remedio…

Por supuesto que debo mucho a la guía de ciudades invisibles de Calvino, sobre todo en cómo escribo y de qué escribo, además de hacerme conocer y sentir Venezia de un modo más esencial a la vez que íntimo, tramada de recuerdos y deseos a partes iguales, vasos comunicantes, sin perder por ello el placer de reconocerla y reescribirla en cada una de las crónicas y literaturas que leí en este tiempo… Del libro, aprendí por ejemplo a citar sin referirme al origen de mis palabras, a recolectar frases y disponerlas a mi antojo, fuera de contexto, o a combinarlas en una contigüidad poética inquietante, pero sin malicia. En otro orden de cosas, en lo existencial, supe por sus páginas por qué es necesario buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y aprendí que hay que hacerles durar y darles espacio… También supe por el libro que la vida —como los espacios vividos, los libros, la pintura y todos aquellos objetos y pensamientos que son fruto de la creación emocionada de un ser humano— está entretejida de miedos y valentías ninguno más destacado o decisivo que el otro, derrotándose, venciendo al unísono; de recuerdos necesarios y olvidos sucesivos; de tedio y deseos y esperanzas en justa proporción, incluso de paradojas inverosímiles que nos orientan más certeramente cuando todo parece confuso e irresoluble… Supe que no disfrutamos recorrer la vida porque sí, pero tampoco porque no… que el placer no se debe sólo a la recompensa del conocimiento ni siquiera a nuestro propio entusiasmo —por ejemplo al llegar a una nueva ciudad y reconocer y saber interpretar su plano, al penetrar por primera vez en sus monumentos, al descifrar sus ritmos y armonías o seguir de memoria el hilo de sus narraciones; el placer está en creer que las cosas del mundo responden a nuestras preguntas… Supe por fin que por muy engañosas que sean las perspectivas de la vida y nos provoquen innumerables maravillas hipnóticas, o nos parezcan absurdas sus reglas y a veces herméticos sus argumentos, debemos aceptar que son realidades necesarias e indiscutibles; y dejar hacer al destino, que él sabe de estas cosas, que es su oficio… Tan estúpido resulta negar y ocultar lo posible como resistirse a lo inexorable: “Las cosas aparentes son la visión de las cosas invisibles” (Anaxágoras). También pude resolver con su consejo, de un tirón, el enigma de por qué los futuros no realizados son sólo ramas del pasado, ramas secas, y que el “allá” es un espejo en negativo en donde el viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá…

En realidad Le città invisibili es una guía para ojear con la mirada profunda, un tratado sobre los misterios que no sabemos adjetivar ni falta que hace… acaso también, no es seguro, un instrumento eficaz para estimular todo tipo de elucubraciones sobre el ser y estar en el mundo, o el objeto de la creación, o los múltiples sentidos de la verdad y sus camaleónicas contingencias… Durante años este breviario laico ha sido como un espejo opaco y mate al que enfrenté algunas de mis preguntas más impertinentes y curiosidades, también un eco a media voz de mis susurros, testigo de algunas de mis esperanzas y temores más obsesivos… Mientras tanto, por la vida, por el mundo, he ido decorando y subrayando con lápices y tintas de colores todas sus palabras, los puntos, las comas, las sombras de sus acentos; he abierto y manoseado sus hojas al azar y encontrado al instante los epígrafes buscados, intuidos, siempre obedientes —humildes y hasta fieles— a la urgente llamada de mis dudas e ignorancias. Es como si cada párrafo, cada frase, cada palabra, fueran teselas de un fantástico mosaico inventado para la adivinación y la estrategia de la memoria —o tal vez del olvido, tan contiguos y sucesivos— cuyo poder se aloja tanto en el todo como en cada uno de sus fragmentos… En todo momento he reconocido tu nombre, Venezia, en sus líneas como en las de mi mano… —escribo Venezia y en ti leo todos tus nombres que te pertenecen.

Alguna vez dije que la vida es como un viaje entre dos ciudades con nombre de mujer… A los verdaderos viajeros nos place andar y desandar el camino trazando rutas sinuosas e imprevisibles, incluso irreproducibles e indescifrables a su fin, sin etapas ni jornadas convenidas, haciendo caso omiso a la brújula, a las bondades evidentes de la geometría o nuestras nociones de trigonometría y lógica. A menudo vivimos la vida como prófugos, escapados… dilatando el tiempo de ser y parecer libres, borrando huellas y tejiendo laberintos en los que el pasado y el devenir se confunden, inextricables. Vamos merodeando barrios y alrededores, rozando tangencialmente las murallas derruidas de las ciudades, penetrando en los callejones sin salida o cruzando sus plazas abiertas —lo mismo diría de los desiertos, los océanos, las selvas y cordilleras— dibujando informes arabescos sin querer, figuras de absurda simetría caligrafiadas a nuestro paso… Recorremos la vida del centro a la periferia, de las fronteras al centro del universo, fabricando criptosistemas aun sin saber sus reglas; son corazonadas, amor… Se vive como se escribe un libro, como se lee… Un libro de viajes no sólo es un cuaderno de recuerdos con flores prensadas entre sus páginas, aunque lo parezca…

Fotos: Venezia, enero 2004

5 comentarios:

Cel3ste dijo...

"Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único.
Venecia comprende y está comprendida en todas las
ciudades (...) Cada uno de nosotros es todos los
hombres (...) ¡Todo es todas las cosas!, y sólo
Venecia, con su absoluta individualidad, iba a
revelarle ese secreto"

Sergio Pitol -El arte de la Fuga-

ev dijo...

Estoy enamorada...
Voy a poner link a este texto para leerlo siempre. Las veces necesarias (hasta hacerlo mío diría...) aunque de antemano sabre que solo es tuyo...

Abrazo torrencial

tequila dijo...

besos

marina dijo...

un llibre que desconeixia
,només, però intuia. Com
aquell qui, en la boira,

aconsegueix perfilar
,bo i sabent la distància,
riures i somriures
aguts o greus, esqueixant, com la
"ç", els arcs voladissos d'allò borrós.
"Aquí...! Fins aquí arriba el somriure"
-diria algú-
"Aparences,aparences"-diu algú darrera l'esquena.



:-)

ev dijo...

Me volvió a hacer llorar este texto... Beso