domingo, abril 20, 2008

Primero una imagen sin palabras... y luego hablamos de estética, ¿vale?...


Dibujo: "Peón", Izabella Jagiello, 2007

Déjame que hoy te escriba de cosas antiguas: del Arte y la belleza, por ejemplo... —Conversaciones sobre estética (I)

Arte es aquello que todos saben lo que es”, afirmaba axiomáticamente Benedetto Croce, aceptando la posibilidad de un conocimiento intuitivo anterior que nos permite reconocer el arte cuando se hace presente; conclusión semejante a la que llegan Wittgenstein y sus discípulos al renunciar a definir esta toma de conciencia —“Respecto a una respuesta que no pueda expresarse, tampoco cabe expresar la pregunta”…. Es probable que con tales afirmaciones axiomáticas se resolviera radicalmente el problema de conciencia en el arte y la necesidad de inventar argumentos que lo sostengan, pero impedirían también al lenguaje expresarse, arrinconando al arte, a la belleza, a la experiencia estética, a los confines oscuros de lo que no se puede hablar… Afortunadamente la historia de las ideas y el pensamiento estético evidencian que al ser humano le han interesado estos temas, acaso excesivamente, y que a través de sus interrogantes y respuestas ha redactado algunas de las páginas más brillantes de su lenguaje. Se ha escrito tanto sobre el arte, la belleza, la experiencia estética, como se han creado objetos considerados artísticos, buscado compulsivamente la belleza hasta donde no la hay y experimentado sensible e intelectualmente las presencias de ese mundo real, a la vez que subjetivo, que adjetivamos con esperanza como estético… El lenguaje debe estar a la altura de las circunstancias, es decir ser tan hermoso, inquietante o evocador como las cosas y sensaciones a las que se refiere, o por lo menos intentarlo.

Durante siglos, desde el pensamiento clásico, el arte se identificaba con la imitación: “mimesis”. Sócrates ya sostenía que pintar no era sino imitar a los seres de la naturaleza. Platón fue el primer gran filósofo que aborda el tema desde un punto de vista estético. El arte —“tekné”— era una destreza intelectual o manual que requería cierto conocimiento y habilidad a fin de producir (crear) algo. Pero al ser el mundo material una copia que imita la naturaleza y al tiempo participa del mundo inteligible de las ideas, todo arte sería una imitación de una imitación, es decir productos de bajo nivel ontológico que apenas aportan conocimiento alguno; la imitación operada por el arte tendría pues un valor disminuido (al ser copia de una copia es como la “sombra de una sombra”). El arte actuaría como un espejo que reproduce las imágenes efímeras y huidizas de lo real. Para Platón sólo era válida la imitación de las ideas: la belleza es, según Platón, una idea que se refleja en las cosas. La noción de belleza nos lleva más allá de la apariencia inmediata de la realidad en las cosas. Es sólo en esta experiencia de lo bello, en el “aparecer” como cosas bellas, donde se nos muestra la idea como idea más allá de su apariencia inmediata… El amor —“eros”— es el impulso hacia la belleza, hacia el mundo de las ideas, lo inteligible; las bellezas parciales de las cosas bellas son como escalones por los que ascendemos hacia el verdadero conocimiento y sabiduría…

Aristóteles sin embargo consideraba que la imitación era una inclinación innata del ser humano. Esta imitación no sería una copia servil del modelo original, sino que estaría condicionada por su pulsión de búsqueda de lo verosímil y lo universal, procurando una cierta idealización de la realidad imitada: “conviene que un pintor embellezca y supere a su modelo”… Plotino, continuador de las ideas de Platón, tuvo el acierto de incluir la belleza junto a la verdad y la bondad en la filosofía, ampliando los territorios de la estética hasta casi los propios de la moral y la metafísica. En Plotino el concepto de imitación no es algo negativo en sí, pues las cosas de la naturaleza son a su vez imágenes de algo superior —el mundo de las ideas—, por lo que el arte sería una imitación de lo perfecto, o de la “Idea” perfecta, de la cual emana lo sensible. Las reflexiones de Plotino, que impregnaron buena parte de la estética occidental desde su tiempo —siglo III— hasta el mundo moderno, podrían resumirse en los siguientes enunciados: hay que distinguir entre el “Bien” y la “belleza”, ya que la belleza provendría del Bien; también hay que distinguir entre la belleza inteligible y la belleza sensorial; la belleza formal de las cosas consiste en la participación en “una forma ideal”, no simplemente de la proporción y la simetría (como afirmaban los Pitagóricos, Platón y Aristóteles); el medio para alcanzar la belleza es el arte y sus métodos serían la “dialéctica” y la práctica de las virtudes. El artista —el músico, filósofo, poeta o “enamoradizo”— a través de la práctica de sus artes alcanza cierto grado de inteligibilidad que le hace capaz de llegar a la belleza y de ahí al “Uno-bien” (Dios). Al igual que Platón —“merece la pena la vida del hombre cuando contemple la Belleza en sí”—, Plotino coincide que nuestra meta es la de conocer y contemplar el “Bien Supremo”, y para lograrlo es preciso haber obtenido la revelación de la belleza (por medio de las artes, por ejemplo).

Derivadas de esta concepción de imitación “no servil” que transciende el modelo, podemos relacionar también las teorías que conciben al arte como expresión visible de lo invisible, y al artista como una especie de “médium” que convoca el espectro de lo divino, que intuye la interioridad más profunda de las cosas y tiene como misión revelar y hacer visible lo oculto u oscurecido en su propio abismo... No tan alejadas de esta teoría “trascendental” estarían los planteamientos más simbolistas de Hegel –“el arte es un medio gracias al cual el hombre exterioriza lo que es”– e incluso del formalismo de Zamoyiski –“el arte es todo aquello surgido a partir de una necesidad de dar forma a algo”.

Pero volvamos al concepto de “tekné”, sin duda más eficaz para acercarnos a aquellas primeras cuestiones sobre el conocimiento o la habilidad (artísticas) de crear algo (artístico). Podemos empezar por la definición de Tatarkiewicz para reordenar nuestras ideas: “Arte es una actividad humana consciente, capaz a) de producir belleza a través de formas (realistas o abstractas) que valen por sí mismas, b) de expresar el mundo interior del artista, y c) de generar deleite, emoción o choque”. Tatarkiewicz plantea pues el arte como “una actividad humana consciente”, concepción y origen de la obra de arte que discurre a contracorriente de las teorías dominantes de la estética tradicional que sostenían el carácter inconsciente de la creación artística o su origen en el genio creador del artista.

Kant creía que “el genio es favorecido por la naturaleza y hay que considerarlo un fenómeno raro”. Scheleirmacher, en la misma línea, consideraba que “los genios despiertan en el hombre los gérmenes dormidos de una humanidad mejor. Son sacerdotes de un orden superior que anuncia el sentido íntimo de todos los secretos espirituales”. Ambos autores depositan esta noción de “genio” en un cierto tipo de ley inconsciente similar a la que opera en la naturaleza y de la cual sería una nueva manifestación orgánica evolutiva —idea no muy lejana a la del “inconsciente colectivo” de Jung, que propone la existencia de una sabiduría acumulada por el ser humano durante milenios que se expresa a través de “arquetipos”, imágenes y símbolos más o menos semejantes que encontramos en diferentes culturas sin aparente conexión y que se manifiestan y reconocemos sobre todo en infinidad de obras de arte. Estas ideas sobre el origen de la creación artística en el ámbito del inconsciente las reconocemos también en Platón y Leibniz —teoría de las “mónadas”— y en Hegel, Schopenhauer y Schelling, entre otros, que coinciden en entender que la “energía creadora” brota de lo más profundo del ser humano, de su inconsciente, y se reconoce en la inspiración… Imaginación e inspiración serían dos facultades fundamentales, necesarias, para la mayoría de los pensadores que avalan el origen inconsciente de la creación artística, y la fantasía como motor de la creatividad. A ello se refiere también Freud cuando plantea que los instintos reprimidos buscan su satisfacción en la fantasía y retornan al mundo concreto estableciendo una nueva realidad; los productos artísticos formarían parte de ese “reino intermedio entre la realidad, incapaz de actualizar los deseos, y el mundo de la fantasía que los realiza”. Teoría psicoanalista a la que se sumaron los surrealistas y sus valedores, como Breton —con su propuesta del acto surrealista como “automatismo psíquico puro”—, Dalí —que consideraba la creación artística como “una actividad crítica paranoica”—, y en general todos aquellos que han concebido la creación artística como un método espontáneo de conocimiento irracional basado en asociaciones interpretativas de los fenómenos delirantes…

La consideración más moderna del Arte como una “actividad consciente”, según la definición de Tatarkiewicz, concilia algunos conceptos sobre la creación artística que se habían mantenido en discusión a lo largo de la historia de las ideas estéticas. Hasta el mundo medieval sobrevivió la idea del artista como imitador, su creatividad no sería más que una emanación, un reflejo, de la verdadera creatividad, la divina… El Renacimiento reconoció en el artista otras facultades, otros dones, como planteaba Baltasar Gracián: “El arte es, como si dijéramos, un segundo creador de la naturaleza; ha añadido otro mundo al anterior, le ha dado una perfección que el otro no posee en sí mismo; y al llegar a unirse con la naturaleza, cada día obra nuevos milagros”… El artista, más allá de ser un mero imitador, empieza a ser considerado principalmente un inventor, alguien que descubre, que modifica, que crea nuevas realidades a través de su imaginación. Aunque por mucho tiempo esta “nueva” cualidad del artista como auténtico creador estará sometida básicamente a los principios ideales de la búsqueda de la verdad y la belleza, y el artista seguirá mediatizado por su relativa falta de libertad hasta épocas recientes, es indudable que abrió un horizonte ilimitado de finalidades y proyectos “sobre sí mismo” en el arte hasta entonces inimaginable, cuyas consecuencias últimas las estamos asumiendo (disfrutando, sufriendo) definitivamente en la actualidad…

(continuará… por supuesto)

Foto: "Tribuna de las Cariátides" en el Erecteion, Acrópolis de Atenas; septiembre 2006

viernes, abril 18, 2008

Voluntad de Amar o cómo ser libres amando... —lee hasta el final, por favor…

Para Schopenhauer, el mundo —su realidad última, o primera, según se mire— no entiende de razones, no es causa ni efecto, es pura irracionalidad… Ninguna criatura, tampoco el individuo humano, goza de libertad. Solo la voluntad —en tanto se encuentra exenta de la relación causa-efecto— es absolutamente libre, no tiene ningún objetivo que seguir, ningún principio al que obedecer… La voluntad no tiene límites, es un aspirar sin término, un perpetuo querer… La voluntad es “una y la misma”, no entiende la pluralidad ni la diferencia, aspectos que solo pueden constituirse en el espacio y en el tiempo. Esta voluntad constituye la esencia última de cada individuo y es “una y la misma” en todos los fenómenos, es decir, existe una única esencia en el mundo y ésta se ofrece de forma inmediata por medio de la intuición. Al igual que el mundo, la vida, es pura irracionalidad, también el fondo último del conocimiento —la roca madre del conocimiento— es puro misterio e irracionalidad… Sólo existe un objeto que nos es conocido directamente, sin mediación: el propio cuerpo. Éste puede ser considerado por el sujeto como un objeto más entre los objetos, pero en su interioridad el cuerpo se revela intuitivamente como voluntad objetivada. Nosotros en tanto que cuerpo nos sentimos vivir, somos voluntad que se ha hecho visible…

Para Schopenhauer el artista no es más que un puro sujeto de conocimiento pues crea por intuición, expresa y hace visible en sus “creaturas” esa voluntad esencial que todo lo constituye y todo lo encadena… Si el arte no alcanza la liberación total es porque por definición el goce estético es momentáneo y tarde o temprano cada cual vuelve de nuevo a sus miserias… El Arte “no es más que un consuelo provisional en la existencia”… Cada satisfacción es el punto de partida para un nuevo querer y cada insatisfacción provoca un gran dolor. Y cuando no hay objetos que desear o cuando se consiguen rápidamente, el individuo siente un vacío aterrador. Así “la vida oscila, como un péndulo, entre el dolor y el hastío (...) después de haber puesto en el infierno todos los dolores y todos los suplicios, el hombre no ha encontrado nada que colocar en el cielo más que el aburrimiento”…

De esta visión de la vida como dolor y lucha, en la que la misma voluntad se desconoce a si misma y se auto fagocita, Schopenhauer extrae no sólo su idea del mal y del bien, sino también la del devenir perpetuo del mundo como eterno retorno, en donde radica su pesimismo trágico. Para Schopenhauer, vivir es padecer eternamente: “lo que debes preferir es no haber nacido… y lo que te cabe esperar es morir pronto”… Ante este abismo existencial, Schopenhauer se pregunta: “¿Cómo, pues, un hombre, después de haber reconocido claramente cual es la naturaleza del mundo, podrá persistir en afirmar semejante existencia por manifestaciones incesantes de voluntad y aferrarse a la vida con energía cada vez mayor?"... Dice Schopenhauer que el hombre que ha sido capaz de contemplar esta verdad solo puede entrar en un estado de renuncia voluntaria, de resignación, de quietud absoluta, de abandono rotundo de todo querer. La negación de la voluntad traería consigo la nada (éxtasis), puesto que al negar la voluntad negamos todas sus objetivaciones, negamos el mundo de la representación y nos suprimimos a nosotros mismos (pues no somos más que fenómenos de la voluntad)…

—No, mi amor, no te alarmes… No quiero alcanzar por ahora el éxtasis de la Nada, sino el de la plenitud. No deseo llegar a ese estado estático de eternidad suspendida, de resignación y renuncia, sino permanecer insistente cada día a tu costado. No me vale ni el éxtasis ni la contemplación estática, sino el placer estético de descubrir la belleza objetivada y visible en tu cuerpo y el mío fundidos a cada momento… Ya sé que nuestros goces son instantáneos, temporales, que luego caemos en profundos valles de insatisfacción y dolor al separarnos, al distraernos con nuestras cosas cada uno por su lado… A veces nos engañamos y consolamos afirmando que es por nuestro bien, que en cada uno de nuestros reencuentros renacemos y renovamos el milagro del amor apasionado que nos une… Sí, yo sé todo eso… participo de éste nuestro común simulacro que nos justifica como amantes excepcionales; interpreto el papel de indiferente con suficiente convicción como para hacerte creer que no sufro en la distancia, ambos ausentes… Pero hoy voy a confesarte algo que no volverás a oír de mis labios, es una debilidad que deberás perdonarme una sola vez: estoy harto de esta situación de ficción… Mi corazón está al borde del infarto y no soporta más esta montaña rusa de encuentros y abandonos sucesivos, de orgasmos sublimes seguidos de profundas depresiones tan contiguos que se confunden entre ellos, de tocar el cielo y caer en el infierno tan a menudo que ya no sé qué es cielo o qué es infierno por su temperatura —mi cielo está en el trópico de tu cuerpo, en el incendio de tu boca; es un infierno el frío de tu ausencia, amor… Sueño, espero, deseo, quiero con fervor, romper esta cadena de apariencias de libertad y su encantamiento que nos hipnotiza… Con absoluta voluntad y conciencia de lo que esto significa deseo permanezcamos juntos hasta el límite de nuestras fuerzas. No sé por cuánto tiempo —a lo peor unos días, meses, años… (no te diré siempre porque sería una coquetería). Que dure lo que dure nuestra común voluntad de recrearnos cada día… Sin crestas ni simas, sin interrupciones… Fundidos como los colores del Arco Iris… O todo o nada… —no quiero raciones de amor ni amor razonablemente cautivo… Prefiero vivir y sentir todo de una vez, regalarnos y derrocharnos —esplendidos manirrotos— que no ahorrarnos para una vejez del amor que tú y yo sabemos que se llama "cariño"… No es amor regalarse poco a poco o mucho o poco de nada… —ni vale el esfuerzo vivir o amar saltando entre piedrecillas sino corriendo libres y confiados campo a través… Te decía: somos libres mientras queremos… (los esclavos saben que son sólo amos de sus cuerpos amando). Todo y después la Nada… Todo es Todo cuando el resto es nada...

Foto: "Arco Iris", Belo Horizonte, Brasil; abril 2006

martes, abril 15, 2008

AVISO: ALGUIEN HA SUPLANTADO LA IDENTIDAD DE PAU LLANES Y VA HACIENDO COMENTARIOS DESPECTIVOS O PROVOCADORES CON MI NOMBRE EN DISTINTOS BLOGS...

Como saben los que asiduamente vienen a “Arterapia Sentimental” ése no es mi estilo ni modo de expresarme… Los que entráis indignados sabed que yo lo estoy igual o más que vosotros; espero que con ayuda de todos podamos librarnos de esa plaga lo más pronto posible. Agradezco vuestros comentarios de apoyo y cualquier consejo al respecto. La prueba más evidente de esta suplantación la tenéis en el logo en color de Blogger que aparece siempre a la izquierda de mis comentarios auténticos, ya que siempre los hago desde mi cuenta de gmail. En el caso del/a impostor/a su logo es un peón de ajedrez, es decir anónimo aunque ponga mi nombre… Lo que hace es direccionar a la URL de este blog… Por favor, os ruego borréis esos comentarios que no me pertenecen. Gracias por vuestra comprensión y disculpad estas molestias indeseables… Os invito a leer con tranquilidad el texto que escribí ayer antes de este enojoso asunto. Y todos los que querais leer además, por supuesto... Sed bienvenidos siempre a la lectura de “Arterapia Sentimental”… Un abrazo: Pau Llanes, el servidor de este lugar…

Ascesis en la vida como en el amor… —deberías leerme hasta el final aunque te dé asco…

Releo un texto del joven Mircea Eliade y encuentro una cita de Baudelaire: “L'ironie considérée comme une forme de la macération” (La ironía considerada como una forma de maceración)… Eliade la relaciona con Kierkegaard; entiende que esa “maceración” es algo así como una forma de ascesis laica, la descomposición del hombre profano… Ser irónico con uno mismo o con los otros sería como disolver una cierta vulgaridad o ingenuidad espiritual, para “exorcizar, humillándola, una comodidad demasiado humana”. Eliade interpreta que se trata de una técnica perfectamente ascética, un macerar la carne… No sé… a veces Mircea Eliade se pasa tres pueblos… Aun con todo reconozco que me hace pensar acerca de un Baudelaire que se maceraba y humillaba con su voluptuosidad… o que Emil Cioran sea un trágico ejemplo de “maceración de sí mismo a través de la paradoja y la invectiva”. Es cierto que Cioran se encerraba en su soledad construyendo laberintos de paredes resbaladizas, muros de sarcasmo patinados de pura bilis de su humor melancólico… y también que no hay mejor antioxidante que el mismo óxido superficial inducido por nuestra orina; la repulsión dicen que es un admirable instrumento de autodefensa del ser…

Mircea Eliade afirma, y acierta en la analogía, que todas las formas de ascesis utilizan la repulsión como instrumento de contemplación: “La meditación sobre cadáveres (en la India, encima de ellos), la meditación en los lugares abandonados o en los cementerios son prácticas obligatorias. La suciedad del cuerpo, la agitación febril de los parásitos, los harapos, las enfermedades repugnantes (la lepra, el lupus, la viruela, etc.), son técnicas ascéticas fervorosamente recomendadas, por lo menos como ejercicios introductorios. El neófito tiene que realizar el asco hasta la médula de su ser: sentir que todo se descompone en este mundo de ilusiones y dolor, que todo deviene; es decir, «pulula». Solamente después de haber alcanzado esta pesimista intuición, el asceta podrá instalarse en la indiferencia y la quietud, indiferencia y quietud que le hacen mirar de la misma forma «un pedazo de tierra o una joya de oro, un trozo de carne en la carnicería o el suave muslo de una mujer», como rezan los antiguos tratados hindúes”…

¿Y la ascesis en el amor? Esa ascesis de la cual hablaba el personaje principal de la obra de teatro “Víctor” —personaje que representaba al mismo Duchamp— escrita por su amigo y cómplice Henri-Pierre Roche: “El amor, una ascesis. Su supresión, otra ascesis. (...) Hay que evitar vivir mucho tiempo juntos. Es preciso saber abandonarse para poderse reencontrar. Hay que evitar devorar al otro o desear ser devorado”… —Yo sé que es así; la practico de tiempo en tiempo. También sé que no compartes mi radical silencio y absoluta ausencia, aislarme de la noche a la mañana como un muerto en vida… No sabes cuán duro es hacerse el indiferente (sin serlo exactamente)… A veces cuesta demasiado volver como si nada…


Fotos: "Il Babuino" (estatua de sileno) y "Memento Moris del arquitecto Giovanni Battista Gisleni (Gislenus)" Iglesia de Santa Maria del Popolo; Roma, marzo 2007

lunes, abril 14, 2008

Escucho y leo, interpreto tus señales...


Todo viaje tiene su punto de partida, su despedida… Partimos cuando hay algo inefable que entrevemos en un instante y electriza nuestro cuerpo, inflama el aire que respiramos, nos impulsa a salir de nuestra impostura… Partir es el momento crítico de una reacción alquímica que cambia el valor de las cosas: la espera se transmuta en deseo, el sueño en lo real… —deseamos algo, alguien, cualquier cosa que venga a nuestra vida y una vez más le dé sentido. Partir es un modo esencial de ser viajero. Llegar es sólo una manera de estar por un tiempo, contingente… —Bueno, morir es otra cosa.

Para el viajero místico llegar a cualquier lugar es casi una fiesta de despedida, vísperas de la ceremonia de partir nuevamente, suspenderse en el columpio o la hamaca bajo el umbral por un tiempo indeterminado… Los viajeros místicos moramos huéspedes en umbrales y soportales transitorios, bajo el puente, en el atrio de los templos y en los porches de los palacios. No hay que permanecer más de lo necesario; apenas un descanso para reponer fuerzas, restaurar ilusiones, contemplar maravillas, fabricar artesanalmente recuerdos para el camino… Ningún viajero místico quiere morir en su cama, sino sobre el caballo —como diría Montaigne. El viajero parte y llega sin dramatizar estos acontecimientos; es su deber. Sabe que ya falta menos, que hay que reducir el tiempo de espera… El viajero “de verdad” rechaza cualquier búsqueda del tiempo perdido —esas cosas son de traidores y arrepentidos—, por el contrario, reivindica el tiempo por devenir, por poco que sea, ir a su encuentro. El viajero místico va hacia a la muerte seguro y confiado; la muerte siempre llega, es decir siempre llegamos puntuales a nuestra muerte… ¿Cuándo? ¿Dónde?... El viaje lo dirá… —Escucho, leo tus señales…

Foto: "El Panteón bajo la lluvia de primavera", Roma; marzo 2007

domingo, abril 13, 2008

Topofilia de tu cuerpo... —Vamos, no tengas pudor, miedo; dime dónde...

Yi-Fu Tuan —el más prestigioso geógrafo contemporáneo— considera la experiencia y las emociones modos privilegiados para conocer y sentir el espacio geográfico. Con ese sentido elaboró los conceptos de “topofilia” y “topofobia”, asociados a valores sentimentales de atracción o negación a ciertos lugares… “Topofilia” sería el conjunto de relaciones emotivas y afectivas positivas que unen al hombre con un determinado lugar, por ejemplo su casa, su barrio, su pueblo o la ciudad en donde reside; tiene que ver con sensaciones y sentimientos tales como “confortable”, “hogareño”, “relajado”, “sin tensiones”… —se trata de experiencias estáticas tanto en lugares naturales como construidos. Si la topofilia alcanza el grado de sentimiento reverencial, Tuan la denomina “topolatría”. Por el contrario, “topofobia” implicaría relaciones emotivas negativas; provocadas por ambientes, lugares o paisajes que nos son de alguna manera desagradables o inducen a la ansiedad y depresión —desgraciadamente, un sentimiento generalizado en muchas caóticas metrópolis modernas, desestructuradas y alienantes. Otro término inventado por Tuan es la “toponegligencia”, que vendría a ser la falta de arraigo, de sentido de pertenencia, la carencia de identidad, que a veces experimentamos en nuestras ciudades, regiones u otros territorios conflictivos.

Para Yi-Fu Tuan, “lugar” se corresponde con un mundo de significados organizado. Es esencialmente un concepto estático —en realidad un punto fijo de encuentro en común de experiencias diferentes. El “lugar” es un centro de significación insustituible para la fundación de nuestra identidad como individuos y como miembros de una comunidad, asociándose por ello al sentimiento de hogar (“home place”)… Para Tuan los “lugares” varían grandemente en tamaño: una mecedora en la terraza es un lugar, pero también lo es un estado-nación… Conocemos y sentimos los pequeños lugares a través de nuestra experiencia directa, incluso mediante sensaciones tan íntimas como tocarlos y acariciarlos; sin embargo una región, por ejemplo, está lejos de la experiencia directa de la mayoría de la gente pero también puede ser transformado en lugar —como localización de lealtades apasionadas— a través de la educación, la política, incluso del arte, una fotografía…

Ay, mis lugares: espacios-refugio en mi viaje a través del mundo, de la vida… privilegiados centros de observación y reflexión desde los cuales miro —también metafóricamente— el paisaje en derredor, a lo lejos… Pero mis lugares no tienen por que ser los tuyos y viceversa… Es nuestra pura subjetividad la que hace que algunos lugares tengan un especial significado para cada uno: el lugar de nacimiento o el escenario de nuestros amores más deliciosos o aquellos lugares que recordamos de un viaje memorable… Es necesario un compromiso entre lo individual y subjetivo y lo social para establecer lugares de encuentro en donde compartir experiencias… lugares vividos en común, aunque luego los recordemos separados… —¡Vamos, no tengas pudor, miedo! Dime un sitio que quieras transformar en lugar arropada por mis brazos… un lugar en el que habitarnos y mirarnos tan lejos como nos dejen nuestras pestañas enredadas… Pero por favor, que no sea un lugar común… Aborrezco los fantasmas alrededor de mi cama…

Foto: "Essaouira: zocos"; diciembre 2006