
Dibujo: "Peón", Izabella Jagiello, 2007
Para enfermos crónicos de arte y literaturas, consumidores compulsivos de amor y belleza, derrochadores, tuaregs existenciales...
“Arte es aquello que todos saben lo que es”, afirmaba axiomáticamente Benedetto Croce, aceptando la posibilidad de un conocimiento intuitivo anterior que nos permite reconocer el arte cuando se hace presente; conclusión semejante a la que llegan Wittgenstein y sus discípulos al renunciar a definir esta toma de conciencia —“Respecto a una respuesta que no pueda expresarse, tampoco cabe expresar la pregunta”…. Es probable que con tales afirmaciones axiomáticas se resolviera radicalmente el problema de conciencia en el arte y la necesidad de inventar argumentos que lo sostengan, pero impedirían también al lenguaje expresarse, arrinconando al arte, a la belleza, a la experiencia estética, a los confines oscuros de lo que no se puede hablar… Afortunadamente la historia de las ideas y el pensamiento estético evidencian que al ser humano le han interesado estos temas, acaso excesivamente, y que a través de sus interrogantes y respuestas ha redactado algunas de las páginas más brillantes de su lenguaje. Se ha escrito tanto sobre el arte, la belleza, la experiencia estética, como se han creado objetos considerados artísticos, buscado compulsivamente la belleza hasta donde no la hay y experimentado sensible e intelectualmente las presencias de ese mundo real, a la vez que subjetivo, que adjetivamos con esperanza como estético… El lenguaje debe estar a la altura de las circunstancias, es decir ser tan hermoso, inquietante o evocador como las cosas y sensaciones a las que se refiere, o por lo menos intentarlo.
Para Schopenhauer, el mundo —su realidad última, o primera, según se mire— no entiende de razones, no es causa ni efecto, es pura irracionalidad… Ninguna criatura, tampoco el individuo humano, goza de libertad. Solo la voluntad —en tanto se encuentra exenta de la relación causa-efecto— es absolutamente libre, no tiene ningún objetivo que seguir, ningún principio al que obedecer… La voluntad no tiene límites, es un aspirar sin término, un perpetuo querer… La voluntad es “una y la misma”, no entiende la pluralidad ni la diferencia, aspectos que solo pueden constituirse en el espacio y en el tiempo. Esta voluntad constituye la esencia última de cada individuo y es “una y la misma” en todos los fenómenos, es decir, existe una única esencia en el mundo y ésta se ofrece de forma inmediata por medio de la intuición. Al igual que el mundo, la vida, es pura irracionalidad, también el fondo último del conocimiento —la roca madre del conocimiento— es puro misterio e irracionalidad… Sólo existe un objeto que nos es conocido directamente, sin mediación: el propio cuerpo. Éste puede ser considerado por el sujeto como un objeto más entre los objetos, pero en su interioridad el cuerpo se revela intuitivamente como voluntad objetivada. Nosotros en tanto que cuerpo nos sentimos vivir, somos voluntad que se ha hecho visible…
Releo un texto del joven Mircea Eliade y encuentro una cita de Baudelaire: “L'ironie considérée comme une forme de la macération” (La ironía considerada como una forma de maceración)… Eliade la relaciona con Kierkegaard; entiende que esa “maceración” es algo así como una forma de ascesis laica, la descomposición del hombre profano… Ser irónico con uno mismo o con los otros sería como disolver una cierta vulgaridad o ingenuidad espiritual, para “exorcizar, humillándola, una comodidad demasiado humana”. Eliade interpreta que se trata de una técnica perfectamente ascética, un macerar la carne… No sé… a veces Mircea Eliade se pasa tres pueblos… Aun con todo reconozco que me hace pensar acerca de un Baudelaire que se maceraba y humillaba con su voluptuosidad… o que Emil Cioran sea un trágico ejemplo de “maceración de sí mismo a través de la paradoja y la invectiva”. Es cierto que Cioran se encerraba en su soledad construyendo laberintos de paredes resbaladizas, muros de sarcasmo patinados de pura bilis de su humor melancólico… y también que no hay mejor antioxidante que el mismo óxido superficial inducido por nuestra orina; la repulsión dicen que es un admirable instrumento de autodefensa del ser…
Yi-Fu Tuan —el más prestigioso geógrafo contemporáneo— considera la experiencia y las emociones modos privilegiados para conocer y sentir el espacio geográfico. Con ese sentido elaboró los conceptos de “topofilia” y “topofobia”, asociados a valores sentimentales de atracción o negación a ciertos lugares… “Topofilia” sería el conjunto de relaciones emotivas y afectivas positivas que unen al hombre con un determinado lugar, por ejemplo su casa, su barrio, su pueblo o la ciudad en donde reside; tiene que ver con sensaciones y sentimientos tales como “confortable”, “hogareño”, “relajado”, “sin tensiones”… —se trata de experiencias estáticas tanto en lugares naturales como construidos. Si la topofilia alcanza el grado de sentimiento reverencial, Tuan la denomina “topolatría”. Por el contrario, “topofobia” implicaría relaciones emotivas negativas; provocadas por ambientes, lugares o paisajes que nos son de alguna manera desagradables o inducen a la ansiedad y depresión —desgraciadamente, un sentimiento generalizado en muchas caóticas metrópolis modernas, desestructuradas y alienantes. Otro término inventado por Tuan es la “toponegligencia”, que vendría a ser la falta de arraigo, de sentido de pertenencia, la carencia de identidad, que a veces experimentamos en nuestras ciudades, regiones u otros territorios conflictivos.