miércoles, abril 23, 2008

Aventura canibal en el supermercado... (II)

Acababa de poner en el carrito cuatro cajas de zumo de frutas y me encaminaba sin prisa hacia la sección del pescado y mariscos frescos mientras observaba distraída las estanterías de las salsas de tomate, de tomate triturado, los pimientos morrones y los de piquillo enlatados, y luego todas esas salsas embotelladas o en sobrecitos: pesto, boloñesa, carbonara, bechamel, roquefort, guacamole, romesco, al curry, salsa rosa, Chutney… y las mayonesas y mostazas… Cuántas botellitas, cuántos frascos, pensaba, y qué ricas combinaciones con el pescado que voy a comprar y los mariscos… ummm… Ojala encuentre peces frescos, nada de congelados, para regalarme este fin de semana, sola al fin, en mi casita… Ay, cómo me encantan estos sabores a mar salada y jugar en mi boca con unos trocitos suficientemente duros y consistentes, unos fríos, otros templados, marearlos con mi lengua y mis labios antes de masticar y estrujarlos definitivamente en mi paladar… ummm… —se me hacía la boca agua, rebosaba saliva salada, de tanto placer gastronómico con sólo imaginarlo… En eso estaba cuando me paré frente a una repisa baja con grandes cestas de metal con latas y más latas amontonadas de atún natural y caballa, mejillones en salsa de vieira, calamares y chopitos en aceite de oliva, sardinas y sardinillas, y no sé cuántas especialidades de una marca muy conocida que recientemente había cerrado tras una huelga demasiado salvaje, según leí en los periódicos… ¡Qué bien! Estaban al 50%, dos por una del mismo tipo y calidad… me puse a revolver para hacer parejas —pero qué incómodas estas cestas tan bajas…

Estaba así inclinada, rebuscando, cuando presentí la mirada de alguien detrás recorriendo la piel de mis piernas, desde los tobillos a las cimas redondeadas de mis muslos, es decir mi culo… Recordé que llevaba una faldita un poco corta, sí, acaso demasiado corta para estos ejercicios dentro de las cestas metálicas… De pronto un súbito calor monzónico y un ligero terremoto desde el centro de mi vientre, inesperados, se pusieron de acuerdo para conmoverme y sacarme desconcertada del feliz ensimismamiento en que me encontraba: me quemaba la piel y temblaban las piernas sólo con imaginar esa mirada imaginaria… —pero si sólo era un presentimiento…

Sin embargo prolongué un poco más mi postura, forzándola ligeramente, agitando levemente mi faldita de pequeñas palas por ver si su aleteo abanicaba mis nalgas y daba un respiro a mi piel enrojecida; necesitaba un alivio para mis piernas… Entonces experimenté esa dulce sensación, la calma tensa tras el primer trueno de la tormenta, y me gustó sentirme observada por detrás: al mismo tiempo vestida por la mirada de un hombre y desvestida por sus pestañas… Estaba guapa aquella tarde, con el cabello recién lavado, bien peinado y relucientes mis reflejos dorados, con la faldita que había comprado en Caramelo que me sentaba estupendamente… Una faldita suficiente, ni muy corta ni tampoco larga, a esa altura de mis muslos en la que yo sé que los hombres se arrojan al vacío o se encaraman a mis pechos en un pis pas… Ah, y las sandalias de tiritas estampadas de piel de guepardo con la cuña japonesa y una pulserita de abalorios sobre el tobillo… Mi vientre se estremeció —ay, pensaba en mi braguita tanga de color verde musgo… Y sentí que aquella (todavía) imaginaria mirada se bañaba en mar salada, nadaba en la superficie de mi piel surfeando sobre las olas de mi sudor… —qué sofoco… No sé qué hacer… Voy a darme —y a darle, si existe “él”— un poco más de tiempo, me dije… Quise imaginar cómo de penetrantes eran sus ojos, hasta dónde habían llegado en su atrevimiento, si eran antiguos o inexpertos, brillantes como soles o apagados como estrellas en la niebla… No pude aguantar más mi curiosidad y me giré de pronto con una torsión violenta de cuello sacudiendo mi media melena como hacen las chicas en los documentales de Play Boy —estoy segura que a cámara lenta todavía se podrían apreciar algunos restos microscópicos de champú desprendiéndose sobre las ondas de mi cabello desplegado en un delicado fractal de reflejos iriscentes…

Sí, un hombre: “él”, me estaba mirando —lo presentía, lo intuía, estás cosas las sabemos no sé por qué las mujeres… “Y ahora qué”… le dije con mis ojos retadores… Los suyos estaban abiertos de modo tan absurdo, sorprendidos por mi reacción, tan expectantes… que casi se corre pero de vergüenza y de sentirse así de ridículo desojado entre mis muslos… Mantuve la mirada unos segundos como pude, más por curiosidad que por afán de torturarle y hacer pagar su descaro; no me sentía incómoda ante aquel desconocido… Era un hombre maduro pero de aspecto juvenil, barba corta, fuerte cuello, ojos profundos, de mediana estatura y complexión atlética, vestido informal con un suéter negro y pantalones de loneta caquis… —“No está mal el pollo”, me dije, sin perdonarle la mirada—… y seguí mi camino como si nada… Si el destino lo quiere ya nos encontraremos más adelante, donde sea, cuando sea…

Dejé el pescado y el marisco para más tarde y viré hacia la sección de los detergentes, más neutra y segura que la de las langostas, bogavantes, almejas, navajas, gambas rojas de Denia y atunes mediterráneos… Entre los detergentes, suavizantes y lejías no dejé de pensar en el desconocido —“qué descaro, me gusta”… Sabía que nos íbamos a encontrar, ensayaba qué le diría… Así se me pasaron los minutos en un santiamén divagando entre mis preguntas y sus respuestas imaginarias. Hasta que lo vi de nuevo en la frutería… ay, qué suerte, en la frutería… Él estaba manoseando unos melocotones y entonces se me ocurrió provocarle sin compasión… Tomé un racimo de plátanos de Canarias y los fui a pesar a su vista. Antes de depositarlos sobre la balanza automática cogí uno, el más grande, y comencé a pelarlo como distraída, a mordisquearlo sólo la puntita, para luego embocarlo más decididamente todo lo largo de su cuerpo duro deliciosamente curvado… Me estremecí consciente de lo que hacía, mis pezones se erizaron autónomos, disfruté de la fruta tanto como de que me mirase complacido “mi” extraño… Pero qué rabia; en un cerrar de ojos (aún en éxtasis) advertí sorprendida que se alejaba, que me daba la espalda… Ahora me sentía yo ridícula con un plátano casi entero en mi boca y sus maltrechas peladuras rebosando mi mano desnuda, puño en rostro…

Otra tempestad de calor monzónico y un nuevo terremoto interiores revolvieron mis entrañas y enrojecieron mi piel avergonzada… pero no sólo por vergüenza o su desaire… Sentía la necesidad de poseer a este hombre, no sé si a cualquier otro hombre, aquella tarde en el supermercado… Basta de dudas, juegos infantiles e ingenuas picardías —cómo me excitaba aquel juego erótico, más de lo que jamás hubiera imaginado… Aturdimiento, urgencia, tensión, ceguera, deseo… y yo qué sé… Estaba resuelta a terminar como dios manda lo que había iniciado hace un rato aun contra mi voluntad… Sería gula, lujuria, no sé… o todos los pecados capitales campando al unísono por Mercadona… “pero a ese tipo me lo hago como sea”, me dije convencida… “va a conocer en carne propia lo peligroso y letal que es abrir la caja de Pandora de una mujer como yo, y más en primavera”, le advertía en silencio, “será memorable o no será”, concluí con un mantra…

Cerca de la sección de carnes y embutidos descubrí una puerta entreabierta que daba al almacén. Imaginé de inmediato que la descuidada abertura daba a un paraíso en penumbra apenas transitado, lleno de corredores y cámaras secretas en donde perdernos, un laberinto de cajas y lechos de verduras en donde yacer, una fantástica máquina de sensaciones, de olores fundiéndose y confundiéndose con los de nuestras pieles y sexos exhalando sus más íntimos perfumes… Y así, sin pensarlo dos veces, arrebatada me fui directa hacia el madurito y lo arrollé con mi carro mientras le tomaba por el brazo y arrastraba hacia el interior del santuario sin palabras, para qué… Ya dentro, tropezamos o no sé si le empujé yo, irrefrenable y fuera de mis casillas. Por fortuna caímos sobre unos grandes sacos de legumbres y vegetales que amortiguaron el trompazo seguro; era como una inmensa cama con sus cojines y almohadas de berenjenas, lechugas, endivias, calabacines… un lecho de lentejas y judiones de La Granja, que lejos de incomodarme masajeaban todos mis músculos con inusitada eficacia antes de aquella batalla de cuerpos que deseaba fuera campal y sin treguas… Me abracé a él con todos mis miembros (no sé cuántos, perdí la cuenta), lo atrapé con mi tela de araña de pelitos erizados, me refroté hasta hacer fuego con las rodillas en sus muslos… Ay, me cogió el culo con sus manos, qué felicidad… cómo me gusta que mis nalgas se transformen en un culo con todas sus letras por la gracia de las manos de un hombre… —qué magos algunos hombres…

En un momentico sentí el sexo duro de mi presa sobre mi vientre; el mío latía ya rítmicamente bajo el escaso vestido, terso y duro también, creciendo hacia dentro, más dentro de la carne incluso… Le sentí suspirar cuando arrancó el pequeño triángulo de mi tanga verde musgo que guardaba, es un decir, mi umbral más estrecho… Temblé, me estremecí un poco, y no pude hacer otra cosa sino entregarme completamente al tacto (al suyo, al mío) con todas las potencias de mi piel y mis membranas… Mi boca fue directa a su boca, certera… Era una boca sabia, ardiente, repleta de dientes mordedores y una lengua decididamente invasiva, pero suave, ligeramente azucarada… Sorbió mis labios hasta la última gota de silicona (es una metáfora, claro)… Mientras, nuestros dedos hacían y deshacían en la oscuridad trampas y nudos salomónicos como si nada, a veces eran garras, otras lianas de plumón… tejían alfombras voladoras para nuestros sentidos desbocados…

En una de esas cayó sobre su espalda una caja de frutas, liviana, pensé, pues ni se inmutó… Tanteé a su lado y descubrí que eran fresones —de Ubrique, deduje por su textura, tersos y duros… Cogí uno por el rabo verde y me lo metí en la boca para compartirlo con mi amante… ummm, qué hambre teníamos, dios… Luego cogí uno más, gigante, y lo encajé en el pequeño umbral de mi hendidura más íntima; con un enérgico tirón de cabeza abajo le invité a un delicioso banquete de fresa, no hizo falta que le explicara más, entendió este gesto con inteligencia y se dispuso a devorarme caníbal, qué dientes… Quitó el inútil rabo con sus blancas ferocidades e introdujo todo el fresón en mi cuerpo abriendo de par en par mis labios grandes con los suyos no menos grandes bajo sus bigotes… Qué delicia, entraba y salía con ritmo preciso, una vez y otra empujado por el poderoso émbolo de su lengua… después se lo comió entero privándome por un momento de aquel dulce amasijo de fruta ya despachurrada —qué vacío, aunque sólo fue un instante… No sé si por compasión o por gula volvió a meterme su lengua hasta no más poder mientras bebía el zumo de nuestras frutas y rechupaba cualquier carnosidad de mi sexo macerado… Se lo bebió todo, se lo comió todo, qué hambre este hombre…

A estas alturas yo toda era un mar dulce y rojo, imposible de cruzar sin quedar ahogado para siempre… No podía contener el tsunami que se avecinaba, ni quise… Tomé más fuerte su cabeza con mis manos y le apresé con mis muslos… —qué sofoco, qué rico orgasmo voy a tener, si lo sé… ay, qué posturita más tonta… Fue intenso, integral, un orgasmo de raíces y hasta en los ovarios… Deseé que su lengua entrase hasta la mía escalando por dentro por mis entrañas, que se quedara allí para siempre —sí, ya sé, que para siempre es un decir— o al menos no se retirara en un par de horas… ummm… no lo hizo, fue lo mejor que hizo en su vida sin saberlo…

Por primera vez nos miramos directamente a los ojos sin otro pretexto que hacerlo y nos sonreímos aún mudos… Nos desnudamos rápidos y experimentados —bueno, lo que quedaba por desvestir… Me puso las piernas verticales sosteniendo el cielo y de inmediato me penetró como si supiese el camino de sobras, qué decisión… Yo por mi parte también le metí mis dulces dedos en su boca que me lo agradeció sediento chupándolos hasta los huesos… Entraba y salía como si fuera su casa —qué okupa, señor—…unas veces enérgico, otras suavemente, unas lento, otras aceleraba… era un delirio… así, mi reciente orgasmo se prolongaba y multiplicaba con cada una de sus sacudidas… Me exprimía los pechos como si fueran naranjas de Xativa, redondas y tiesas, todo jugo… y yo le pellizcaba sus pezones que me parecieron pequeños clítoris y le gustaba, cómo le gustaba… Qué bien entraba por mis valles inundados, por los más estrechos cañones de mis ríos interiores, qué placer cuando me rozaba con la proa de su barco… Ay, me estaba corriendo nuevamente, mejor aún, no había dejado de correrme ni con su lengua húmeda ni con su espada de fuego… —ay, otra vez—… qué posturita más tonta… —“vamos”, “vamos”, “dámelo todo”, le decía ya con palabras, en francés de la Martinique…

Así estaba otra vez estremecida cuando no sé cómo nos dimos un revolcón y caímos por un costado de nuestro lecho improvisado —qué orgasmo, qué ostia, señor, si no hubiera sido por aquellos sacos de vegetales de la huerta… Menos mal que me había corrido un microsegundo antes… El pobrecito no, tenía cara de asustado; pero ni se le notaba en su sexo —qué valiente este barco y sus marinería… Así que me puse a recompensarle por su bravura, su decisión pirata… Lo tomé entre mis labios y lo metí de una vez hasta mi garganta profunda, qué rico, qué tieso… con la punta de mi lengua lo mimaba, con mis dientes corregía sus desviaciones, arriba y abajo, lo comía como el plátano de Canarias —qué dulce, como su lengua… Cómo le gustaba, cómo nos gustaba, ambos caníbales carismáticos… Su ritmo se aceleraba en cada mamada —reconocía esos movimientos compulsivos que anteceden al éxtasis de un macho—, me disponía a beberle yo ahora hasta la última gota… qué rico… Su sexo también sabía a fresa…

Pero no, mi víctima tenía sangre fría y su lechecita no estaba todavía a punto por suerte… Salió su sabroso músculo de mi boca sin violencia, al contrario, y me atrajo otra vez hacia él, penetrándome desde abajo… Yo le esperaba con mi sexo abierto —hacia ya no sé cuándo era puerto franco para este huésped de barba recortada—, desde luego hidratado y lubricado, a sus órdenes y dictados… Me penetró con un sencillo movimiento de esgrima y yo me agarré a su cuello para no caer despeñada en aquel abismo de sensaciones increíbles… Mi culo comenzó a moverse alrededor y arriba-abajo de su mástil, entonces el eje de nuestro universo; sus manos me guiaban… Nos sacudimos con furia, nos estrujamos lo que quedaba de nosotros, nos jaleábamos cada uno en su lengua: “Vamos, vamos, sigue, amor… dámelo todo, tómalo todo… así, un poco más, no falta nada, vamos a corrernos, sí, sí, ya… ya…dios, amor”… —y nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo inextricable, consumidos por la misma calentura, acoplados nuestros gemidos; no cabía ni una paja entre su vientre y el mío (¿y para qué nos íbamos a meter una paja ahora en esta situación? —qué cosas tiene la literatura… Pues eso, que nos corrimos y estremecimos con inmenso escalofrío… Más que una pequeña muerte nos regalamos un chorro de vida… —que falta nos hacía, pienso hoy…

Descansamos por algunos minutos en aquel lecho informe y despanzurrado, en silencio… Nos acariciábamos la punta de las yemas, los codos, los sobacos, la nuca, las rodillas, la punta de la nariz. Luego nos vestimos con cierta prisa, preocupados entonces que pudiera entrar alguien en aquel almacén arrasado por el huracán de nuestro deseo… Me ajusté como pude mi tanga color verde musgo ante sus ojos asombrados... Lo hice como colofón de nuestra aventura y regalo a sus ojos, un acto íntimo, testimonial, de felicidad, qué menos… Al fin y al cabo todo había comenzado al mirar mis braguitas, ¿O no?... Salimos del almacén uno tras el otro, ya vestidos y repeinados… Le miré fijamente por unos segundos que me parecieron una eternidad y descubrí que tenía ojos de distinto color, uno azul oscuro y el otro marrón avellana; me conmovió esa mirada tan desigual, me enamoró como me miraba… Le apunté en un papel mi nombre —Véronique—y el número de mi teléfono móvil… Lo tomó con una dulce sonrisa y nos despedimos con un pícaro beso en las mejillas, todavía calientes, ardiendo… Nos olimos… todavía guardo su olor, aquel olor, en mi memoria profunda… Mientras me alejaba, volteé mi rostro y le regalé mi sonrisa más desnuda. Él me lanzó un beso con la punta de sus dedos —qué precisión, me dio en medio de la diana del coeur— y me dijo con voz grave, seguro de sí: “Me llamo Pau, no me olvides”…

Desde entonces, todas las tardes, a eso de las seis y media, más o menos, Pau y yo nos encontramos en cualquier supermercado antes de devorarnos deliciosamente donde nuestra imaginación haya acordado… Qué rabia que haya domingos en todas las semanas de nuestra vida caníbal. Todos los domingos, ayunamos… Bueno, no importa, se me ha ocurrido cómo solucionar este despropósito laboral. He encontrado un 24 horas en Santa Catalina y ya he pactado con la dueña que haga la vista gorda los domingos cuando vayamos a hacer la compra (ahora ya juntos, de la mano)… Qué contento se va a poner Pau; los domingos sólo comeremos dulces y pasteles… Sí, ya sé, Pau es diabético… pero yo soy su insulina: nada mejor que tenerme a mano para siempre… —uy, sí, lo siento: “siempre” es una coquetería… jajaja… ¿Y qué?… me da igual lo que escribió Kundera en La insoportable levedad del ser acerca de la coquetería… Lo nuestro es Amor Caníbal

9 comentarios:

ev dijo...

Te dejo mi mirada silenciosa...

elisa dijo...

Son graciosos. Me recuerdan el humor de Almodóvar.
SAludos.

Ginebra dijo...

La idea de contar la historia desde la perspectiva masculina-femenina, me parece muy acertada y demuestra un gran talento.
Me quito el sombrero....

Gwynette dijo...

Lo encontré erótico y muy gracioso!!!

..un ojo de cada color,la heterocromía le da ternura?..uy, creo que se está enamorando, o que quiere eliminarte ! Ojo con la sección pasteleria !!!jajajaja :-)

Petonets, Pau

Samantha dijo...

Guau¡¡¡¡, deliciosos, ricos, ricos, aún sigo suspirando, erotizarce es amar la vida, gozar los colores, los sabores, la comida, sonreir, explotar.

Maravillosos, bonita manera de empezar el día.

Besitos, Pau, gracias¡¡¡

:)

tequila dijo...

Me equivoqué...
tenia que haberlos leido seguido, si lo hubiera imaginado. Eso me pasa por egoista y racional, por querer dosificar en unas historias cómo éstas!!!
siempre me pasa lo mismo, me pierdo lo mejor y cuando me doy cuenta es tarde. Nada cómo la primera vez.

Me gustó, me hizo gracia tu visión de lo que ella piensa...

un beso Pau ( te portaste)

lapaupachica dijo...

ay, tequila! qué dramático. cómo es eso de que te pierdes lo mejor, no pues, esa no puede ser una premisa... en fin... de los cuentos, pues que me divirtieron! un besito,
pd. un poco repetitivo lo de la braguita (en mi tierra son "calzones") verde musgo... ¿con olor a algas?

∂ZuL™ dijo...

Es una manera diferente de hacer una lectura erotica... gracias por compartirla...

DianNa_ dijo...

Pau, gracias por este "respiro", me ha encantado leer tus relatos,y me he reído un montón.
Besitos vecino y buen domingo^^