viernes, febrero 08, 2008

Reflexiones mediterráneas... (I)


Hace unos meses un amigo artista me pidió un texto para su próxima exposición en Italia. El título de la misma tenía que ver con el Mediterráneo, en cómo pensar y expresar lo mediterráneo en la actualidad. Por amistad y con placer me comprometí a seguir su propuesta, a reflexionar sobre la mediterraneidad y los territorios (sic) mentales que bañan hoy sus aguas… Al final el texto fue largo, demasiado, tanto como las palabras pudieron sintetizar mis pensamientos e investigaciones. Ahora quiero compartir con los demás que no leen en italiano o no tienen el libro editado algunos de estos apuntes. Mi diálogo con el Mediterráneo os lo ofrezco, resumido, en capítulos para coleccionar:

Fernand Braudel, en su admirable El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, decía del Mediterráneo, de este territorio (sic), que "es un personaje complejo, embarazoso, difícil de encuadrar", sobre el que es inútil querer escribir una historia llana y lineal. El Mediterráneo es un complejo de mares, además salpicados de islas, cortados por penínsulas, rodeados de costas ramificadas; un mundo marítimo inseparable de un mundo terrestre que lo envuelve o contiene... "como la arcilla que se pega a las manos del artesano que la moldea". A esta misma indeterminación se refiere Matvejevic en su hermoso libro Breviario mediterráneo cuando señala que "no sabemos con seguridad ni siquiera hasta dónde se extiende el Mediterráneo, cuánto espacio de tierra firme ocupa, ni en qué parte de la costa o del mar termina"… "El Mediterráneo no es sólo geografía"… "Sus fronteras no están trazadas en el espacio ni en el tiempo"… ¿Qué es entonces lo que nos induce a intentar reconstruir este mosaico, este puzzle de piezas tan diversas y desparejadas? ¿Qué nos impulsa a recomponer una presunta identidad común, una cierta apariencia de personalidad esencial compartida, con tan dispares y atormentados fragmentos?

Desde luego sabemos que no siempre las imágenes y la literatura sobre el Mediterráneo se corresponden con las múltiples realidades que debían ilustrar y describir. A veces las creaciones del espíritu y la imaginación deforman nuestros rasgos más personales hasta hacerlos irreconocibles, o inventan nuevas realidades que nos vemos obligados a reconocer para no sentirnos extraños en nosotros mismos… Qué misterio y poder tan extraordinario tienen los espejos, los libros, las imágenes que fabrican los artistas en donde practicamos el arte de la contemplación y la mirada a lo lejos… —y disfrutamos de esa narcótica sensación de estar ante algo, alguien, vagamente familiar y conocido; al fin y al cabo seducidos y ensimismados sin solución de continuidad en una reducida prisión con inmensas ventanas y tupidas celosías. ¿Somos así como creemos ser o como nos quieren ver e interpretar? ¿Somos la creación colectiva de una estirpe de soñadores o la confirmación de un estado de necesidad demasiado evidente para ignorar como si nada?

Matvejevic nos dice que "los costeños se diferencian entre sí por su actitud hacia el mar: unos levantan sus casas en la orilla, otros prefieren distanciarse de él para no perder la tierra firme bajo sus pies; los unos quieren tenerlo delante, los otros le vuelven la espalda. Los autóctonos y los recién llegados hablan del mar de un modo diferente (los que están más cerca no hablan demasiado de él, lo sobreentienden)". Nada sin embargo comenta de los marineros que se exiliaron en tierra firme durante años ni de sus palabras al volver a las costas húmedas o de sus silencios… ¿Uno es para siempre lo que fue? ¿Para qué sirve ir en busca del tiempo perdido cuando todo el tiempo restante está por devenir? ¿Qué futuro aguarda a quien ya sólo se alimenta de recuerdos?

Dicen que desde hace años el Mediterráneo se abastece sólo de memoria, tal es la sequía que acontece en sus costas, en las tierras por las que fluyen sus ríos; pero no es cierto, es una exageración más de este territorio tan excesivo y apasionado, tan depresivo como excitable. Hay otros líquidos más orgánicos que se derraman continuamente en esta vasija medio llena, medio vacía… Las tormentas de la guerra siguen azotando de vez en cuando sus orillas, incluso los torrentes se desbordan con sus muertos y todo, tiñen de rojo el mar muy adentro con sus aguas aparentemente tranquilas y pacíficas. Además, cada verano, puntualmente, llegan a sus playas millones de viajeros ocasionales que nos regalan sus más íntimos líquidos orgánicos (por casi nada); y las mujeres siguen llorando (por casi todo) a su costa. También lloran y se derraman a su manera los amantes en las despedidas, que saben que nunca más volverán a encontrarse, a disfrutarse... Los recuerdos saben dulce; los deseos, ácido; los tristes presentimientos, amargo… ¿A qué sabe el Mediterráneo? ¿Qué sabe el Mediterráneo leyendo sus aguas como un oráculo?

Matvejevic señala certeramente que en la antigüedad "Mediterraneus indicaba un espacio en el continente, rodeado por todas partes de tierra, por oposición a maritimus". Algo bien distinto a lo que el uso y la costumbre han ido decantando a lo largo de los siglos. Aún no sé si nuestro mar vino a ser llamado Mediterráneo por un capricho etimológico sustentado en eruditas argumentaciones o por el hecho de ser un mar interior y bañar las tierras adyacentes. Todavía se generan controversias al considerar sólo mediterráneos a aquellos territorios costeros y sus proximidades bañados por este mar o al generalizar esta denominación a las tierras interiores hasta las que alcanza su influencia, incluso a la totalidad de cada uno de los estados que poseen costas mediterráneas entre sus dominios… ¿Pero a qué influencias nos referimos? ¿Del clima, en la vegetación, en la agricultura tradicional, en la cultura material, en las tradiciones, en la historia, en las religiones o mitos compartidos? ¿Se puede denominar y caracterizar a España, Francia, Eslovenia, Marruecos o Egipto, por ejemplo, países mediterráneos en su totalidad por la simple evidencia de que una buena porción de sus costas estén en el perímetro de este mar? No creo en estos determinismos más de lo necesario ni tampoco en la fatalidad de las fronteras artificiales inventadas por el miedo de las naciones en el transcurso de su historia —ni mucho menos en la homogeneidad y destino común inexorable de los estados modernos nacidos y consolidados (no sin violencia y a duras penas) en estos últimos siglos de historia europea.

Para Matvejevic "las gentes del Norte identifican muchas veces nuestro mar con el Sur... no es tan sólo que anhelan un sol más ardiente y una luz más fuerte. Este fenómeno tal vez podría llamarse fe en el Sur. Es posible —cualquiera que sea nuestro lugar de nacimiento o residencia— llegar a ser mediterráneo. La mediterraneidad no se hereda, sino que se consigue. Es una decisión, y no un don. Dicen que en el Mediterráneo hay cada vez menos mediterráneos auténticos"… También son para mí mediterráneos los que así se consideran por voluntad propia, lo sean o no por nacimiento, pero se reconocen de tal modo y comparten algunas pequeñas cosas de la vida: anécdotas, nimiedades, coincidencias, que acaso nos hacen sentir más felices y alivian nuestra soledad; en tales parecidos y semejanzas pasamos el tiempo deliciosamente… Sí, pequeñas cosas, como el cielo azul-azul, las brisas-caricias, el calor sofocante y las tormentas en el verano, el sonido de las cigarras, la severidad de los viejos olivos que infunde respeto sólo con verlos a distancia, la sexual sensualidad de naranjos y almendros en flor, su olor, el arco-iris de colores tierra tras el chaparrón, los ojos oscuros de nuestras mujeres, sus miradas descaradas, el timbre de nuestras risas, algunas canciones y ritornellos al atardecer, la coquetería de la luna llena reflejada sobre el mar espejo. Cuántas pequeñas cosas, dios… Y aunque coincidamos escasamente en un par, o a lo sumo en tres de estas insignificancias, nos basta para entablar una conversación y hacer amigos o conocidos y sentirnos bien entre nuestra gente… En la Historia, cuando había Historia, todo era distinto, más profundo, más trascendente: los dioses, los mitos, los rituales de fertilidad, la lengua latina, el derecho romano, el emperador Adriano, los moros y cristianos, el arte del Renacimiento, la Batalla de Lepanto, Napoleón y cuántas cosas más, grandilocuentes, aparentemente decisivas…

Y hablando de habitantes mediterráneos, ¿quiénes y cuántos vivimos en el Mediterráneo? Los libros de geografía humana ahora en desuso nos dirían que somos un mosaico de pueblos y gentes producto de una excesiva promiscuidad —comercial, cultural, religiosa— durante siglos. Ya sabemos cómo son las gentes del mar yendo de un sitio para otro, como se comportan esos hippies viajeros (compulsivos), y los comerciantes cuando festejan sus éxitos, y las urgencias de los guerreros y los hombres de religión… El mestizaje y la hibridación son creaciones mediterráneas, seguro, como el collage y la alquimia. Ningún otro pueblo fue tan generoso con su sangre o su esperma como lo han sido los pueblos mediterráneos a lo largo de su historia. El resultado es más o menos evidente. Todas las pieles, todos los ojos, todas las lenguas se encuentran en el Mediterráneo. Su mezcla es hermosa, como el color de la tierra, de la miel, las cortezas de los árboles, las arenas…

Ojalá exista un Mediterráneo que sea también nuestro presente y nuestro destino, ahora que todo indica que la Historia acabó sus días hace poco. La justificación de nuestras realidades contemporáneas en una teoría de constantes decisivas (“invariantes castizos, diría alguno) o procesos históricos irrefrenables o arquetipos ya no se sostiene… ni falta que hace. ¡Las barbaridades que se han cometido en nombre de la Historia, en “lo que era necesario”, “lo que había que hacer”!... Aunque tampoco me entusiasman los argumentos de la nueva sociedad —eso de la globalización, esa multiculturalidad en entredicho, ni por supuesto la pretensión de que triunfen la comunicación en tiempo real y la democracia estadística…Es que a lo peor no me siento a gusto en este estado problemático en el que nos han llevado la última revolución tecnológica y la nueva economía postmoderna. También aborrezco el turismo, por supuesto… —es que soy un viajero, no lo puedo ocultar. ¿La mediterraneidad acaso es un estado romántico de estar en el mundo? ¿Soy un romántico?

(Continuará; por supuesto… El próximo capítulo "sobre el turismo")


Foto: Serifos, Islas Cícladas, Grecia; septiembre 2006

2 comentarios:

smith dijo...

Hola Pau, me alegra que te dejaras caer por mis feudos, gracias por tu visita que cómo ves te devuelvo.
Y ahora, después de darme una vuelta por tu casa, no me queda sino darte mi enhorabuena, con especial hincapié a tu sensitiva definición sobre el mediterráneo, te lo dice una mediterránea por nacimiento y reconocimiento
Yo también volveré por aquí ..y si, si bailo.
Smith,

marina dijo...

Alçar el vas a la globalització és voler esvandir amb aigua sintètica i clorada.(estic d'acord amb el teu incís)
No sé si és un estat romàntic però sí que diria que és un estat que va més enllà de les paraules. A les aigües i als fluids no els cal parlar, són música en constant moviment i intercanvi.
I és dins aquesta música, la música, i amb ella, que noto un lligam, una empatia, amb les terres que beuen d'aquesta mediterraneïtat.